El silencio que todo lo cambia

El silencio que todo lo cambia

 

Tenemos agendas. Relojes. Horarios de llegada y de partida…Tenemos largas listas de cosas por hacer. Problemas por resolver. Trámites por ejecutar. Compromisos por cumplir. Y, algunas veces, aunque nos despertamos cada mañana con un día entero por delante, sentimos que el tiempo, de todos modos, no va a ser suficiente.

Aún antes de haber salido de la cama. 

-Estamos cansados, nos decimos. 

-Es lógico, con este ritmo de vida, nos respondemos. 

Hasta que un día llegan las vacaciones, el fin de semana, el día en que -extrañamente- la agenda tiene un hueco. 

Y decimos: “Ah, ¡por fin!”. Nos tumbamos en un sillón, en un rincón, frente a una vista… ¡Qué maravilla!

Y sin embargo… en pocos segundos el sillón resulta incómodo. En la tele no hay nada para ver. El sol nos da demasiado en la cara, o demasiado poco. La hamaca maravillosa se revela no tan confortable. El aire del mar está muy salado y el de la montaña muy frío. 

La amenaza del silencio

Ahora, el día se nos vuelve amenazador, pero de tan vacío. “¿Qué haré con todas estas horas por delante? ¡Dios mío!”.

Es que la tarde libre, el fin de semana, las vacaciones tan ansiadas llegan con algo que nos inquieta. Que nos interpela.

¿Nada para hacer?

Calma, la salvación llega a rescatarnos: la vista merece que saquemos una foto, una selfie, y luego que la mandemos. Y que respondamos algún comentario en las redes. Y que…

¡Ah, qué alivio! Allá vamos. A hacer algo, de nuevo. 

 

Ocios y negocios

Digamos la verdad: el ocio tiene mala prensa (¿no nos enseñaron, acaso, que es “la madre de todos los vicios”?). 

En realidad, no siempre fue así. De hecho, en la época clásica, griegos y romanos tenían en muy alta estima el no hacer.

Detenerse era tarea de nobles y filósofos, de escritores y dramaturgos, de artistas, de líderes y estrategas.

Los griegos celebraban sus banquetes, reuniones que duraban días enteros, donde se comía y se bebía, pero básicamente se conversaba, se intercambiaban pareceres, historias, se discutía. Se contemplaba…

Allí también se recibía a los desconocidos con los brazos abiertos. Para ellos, un viajero podía bien ser un dios disfrazado, al que convenía agasajar.

Y el sólo hecho de recibir con brazos abiertos a los desconocidos dice mucho de la inclinación a mantenerse receptivos y a observar y escuchar, sin respuestas prefabricadas.

“Sólo sé que no sé”, decía en esas reuniones el mismísimo Sócrates. 

También en Roma

La cultura latina tenía en alta estima el ocio (otium), que significaba reposo y falta de pre-ocupaciones. Y lo contrario, el neg-ocio (no-ocio) era visto con desprecio por los nobles romanos -una idea que se mantuvo aún hasta comienzos del siglo XX en varios puntos de Europa-.

El ocio fue considerado “creativo”, en tanto se trataba la fuente predilecta donde abrevaba el arte. 

Sí, ocio. Reposar. Detener. Silenciar.

 

De cuando nos atamos al reloj

Nuestro temor al no-hacer no se trata de un prejuicio personal. No es que seamos vagas y vagos. No se trata de hippismo, nihilismo, rebeldía…

El rechazo al ocio, al silencio y a la contemplación es una cuestión cultural que toma estatus obligatorio -año más, año menos- a fines del siglo XVIII. Sï, hablo de la Revolución Industrial, esa época en la que nuestro imaginario se llena de trenes, de máquinas, de fábricas, de personas que pasan de ser campesinos o ciudadanos a ser trabajadores

Dicho sea de paso, dos ideas que eran extrañas se juntaron allí, y permanecen unidas hasta nuestros días: ser y hacer. 

El tiempo todo lo cambia

Porque es verdad que los humanos siempre tuvimos tarea. Pero la llegada de la sociedad industrial transformó para siempre la idea del día, del tiempo, desalojándolas de los grandes ciclos vitales -día, noche, verano, invierno, juventud, vejez-.

Y las compartimentó en porciones muchísimo más pequeñas, que no eran demasiado relevantes hasta entonces: horas, minutos y ¡segundos!, corriendo detrás de las manecillas del reloj, susurrando cosas como “Ahora”, “Ya mismo”, o “Llegas tarde”. 

La revolución industrial cambió para siempre la economía. Y, también, la educación fue dirigida de un modo masivo, a enseñar a producir por encima de contemplar, a generar una educación para crear empleados obedientes y desalentar pensadores independientes. 

Nos enseñaron a obedecer, a cumplir, a seguir pautas, a repetir. Desde entonces, el detenerse, contemplar, meditar, o simplemente sentarse escuchar el silencio, marcharon al exilio como inquietantes desconocidos. 

 

El silencio nuestro de cada día

Por supuesto que no se trata de no trabajar ni dejar de hacer lo que hacemos: los extremos tienen una violencia que nunca resulta a la medida humana. 

Pero… ¿qué hay, en cambio, de dedicar una parte relevante de cada día a SER tanto como a HACER? ¿A escucharme? ¿A conocerme?

Todas las tradiciones místicas y filosóficas, todos los maestros y maestras dedicadas al desarrollo humano tocan este punto sustancial: el ir hacia adentro, no sólo lejos del ruido y la confusión, no sólo un poquito aparte del ajetreo cotidiano, sino lisa y llanamente proponen atreverse a ir hacia ese lugar del no-hacer, del escuchar, de detener las ideas que repetimos sin más, de poner pausa a las reacciones automáticas, a las respuestas de siempre, a la falta de otro punto de vista, al condicionamiento… o como quieras llamarlo. 

Ir hacia ese lugar pacífico y silencioso. ¿Cuántas veces al día lo hacemos? ¿Nunca? ¿Una vez al año? ¿Cuánto?

Demasiado cerca

Lejos del hacer cotidiano hay un no-hacer interior. 

Un lugar que puede estar lleno de respuestas. Un lugar que comienza en el silencio y nos susurra “No sé. Necesito volver a mirar. A escuchar. A sentir. No sé, pero aquí adentro estoy bien». «No sé», como Sócrates.

Ese lugar que está mucho más cerca que nuestra vena yugular, como dicen las escrituras orientales, y que tiene diferentes formas. A veces no es necesariamente silencio, sino vulnerabilidad. Receptividad. Un instante dedicado a mirar a nuestro alrededor, a sentir, a percibir puede cambiarlo todo. 

A veces es una meditación. Una inspiración profunda. Una melodía.

El parar trae nuevos mensajes si es acompañado por la respiración. La percepción profunda, el escuchar los latidos de nuestro corazón, el compartir un momento de calidad sin estruendos, el recostarse unos minutos y sentir el cuerpo, la caminata azarosa, sin reloj ni metas por cumplir.

Nos lleva de vuelta al banquete griego, donde los dioses se presentan bajo la forma de desconocidos. Y nos susurran, despacito, aquella sabiduría divina, de la que también estamos hechos.

Y que nos renueva.

 

Alejandra Toronchik
Alejandra Toronchik

Soy argentina, escritora, periodista y editora, y trabajé en los más importantes medios de comunicación de mi país. Actualmente escribo una novela y doy talleres de escritura, además de ser la Editora de Círculo de Evolución. También escribo teatro y estrené varias de mis obras. He publicado un libro de entrevista a dos grandes maestros de tango: Bailando el tango con los Dinzel.

Escribir es un viaje

Un taller de escritura sorprendente

Por Ale Toronchik

 

Únete, te esperamos!

Un lugar para encontrarnos
y sacar nuestra mejor version

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Sin Vergüenza

Live de Preguntas y Respuestas

Sobre Sexualidad Consciente

Todos los días 20 de cada mes en Instagram.

Escribir es un viaje

¡Un taller de escritura diferente! Para abrir la mente y encontrar nuevos mundos.

Nos vemos todos los miércoles

TU COMUNIDAD :

CURSOS Y TALLERES

BENEFICIOS Y DESCUENTOS

TIENDA

PROFESIONALES

Suscríbete a nuestro Newsletter

Y recibe nuestras novedades, artículos, invitaciones a talleres, cursos y más sorpresas para que encuentres tu camino.