El silencio que todo lo cambia

El silencio que todo lo cambia

El silencio que todo lo cambia

 

Tenemos agendas. Relojes. Horarios de llegada y de partida…Tenemos largas listas de cosas por hacer. Problemas por resolver. Trámites por ejecutar. Compromisos por cumplir. Y, algunas veces, aunque nos despertamos cada mañana con un día entero por delante, sentimos que el tiempo, de todos modos, no va a ser suficiente.

Aún antes de haber salido de la cama. 

-Estamos cansados, nos decimos. 

-Es lógico, con este ritmo de vida, nos respondemos. 

Hasta que un día llegan las vacaciones, el fin de semana, el día en que -extrañamente- la agenda tiene un hueco. 

Y decimos: “Ah, ¡por fin!”. Nos tumbamos en un sillón, en un rincón, frente a una vista… ¡Qué maravilla!

Y sin embargo… en pocos segundos el sillón resulta incómodo. En la tele no hay nada para ver. El sol nos da demasiado en la cara, o demasiado poco. La hamaca maravillosa se revela no tan confortable. El aire del mar está muy salado y el de la montaña muy frío. 

La amenaza del silencio

Ahora, el día se nos vuelve amenazador, pero de tan vacío. “¿Qué haré con todas estas horas por delante? ¡Dios mío!”.

Es que la tarde libre, el fin de semana, las vacaciones tan ansiadas llegan con algo que nos inquieta. Que nos interpela.

¿Nada para hacer?

Calma, la salvación llega a rescatarnos: la vista merece que saquemos una foto, una selfie, y luego que la mandemos. Y que respondamos algún comentario en las redes. Y que…

¡Ah, qué alivio! Allá vamos. A hacer algo, de nuevo. 

 

Ocios y negocios

Digamos la verdad: el ocio tiene mala prensa (¿no nos enseñaron, acaso, que es “la madre de todos los vicios”?). 

En realidad, no siempre fue así. De hecho, en la época clásica, griegos y romanos tenían en muy alta estima el no hacer.

Detenerse era tarea de nobles y filósofos, de escritores y dramaturgos, de artistas, de líderes y estrategas.

Los griegos celebraban sus banquetes, reuniones que duraban días enteros, donde se comía y se bebía, pero básicamente se conversaba, se intercambiaban pareceres, historias, se discutía. Se contemplaba…

Allí también se recibía a los desconocidos con los brazos abiertos. Para ellos, un viajero podía bien ser un dios disfrazado, al que convenía agasajar.

Y el sólo hecho de recibir con brazos abiertos a los desconocidos dice mucho de la inclinación a mantenerse receptivos y a observar y escuchar, sin respuestas prefabricadas.

“Sólo sé que no sé”, decía en esas reuniones el mismísimo Sócrates. 

También en Roma

La cultura latina tenía en alta estima el ocio (otium), que significaba reposo y falta de pre-ocupaciones. Y lo contrario, el neg-ocio (no-ocio) era visto con desprecio por los nobles romanos -una idea que se mantuvo aún hasta comienzos del siglo XX en varios puntos de Europa-.

El ocio fue considerado “creativo”, en tanto se trataba la fuente predilecta donde abrevaba el arte. 

Sí, ocio. Reposar. Detener. Silenciar.

 

De cuando nos atamos al reloj

Nuestro temor al no-hacer no se trata de un prejuicio personal. No es que seamos vagas y vagos. No se trata de hippismo, nihilismo, rebeldía…

El rechazo al ocio, al silencio y a la contemplación es una cuestión cultural que toma estatus obligatorio -año más, año menos- a fines del siglo XVIII. Sï, hablo de la Revolución Industrial, esa época en la que nuestro imaginario se llena de trenes, de máquinas, de fábricas, de personas que pasan de ser campesinos o ciudadanos a ser trabajadores

Dicho sea de paso, dos ideas que eran extrañas se juntaron allí, y permanecen unidas hasta nuestros días: ser y hacer. 

El tiempo todo lo cambia

Porque es verdad que los humanos siempre tuvimos tarea. Pero la llegada de la sociedad industrial transformó para siempre la idea del día, del tiempo, desalojándolas de los grandes ciclos vitales -día, noche, verano, invierno, juventud, vejez-.

Y las compartimentó en porciones muchísimo más pequeñas, que no eran demasiado relevantes hasta entonces: horas, minutos y ¡segundos!, corriendo detrás de las manecillas del reloj, susurrando cosas como “Ahora”, “Ya mismo”, o “Llegas tarde”. 

La revolución industrial cambió para siempre la economía. Y, también, la educación fue dirigida de un modo masivo, a enseñar a producir por encima de contemplar, a generar una educación para crear empleados obedientes y desalentar pensadores independientes. 

Nos enseñaron a obedecer, a cumplir, a seguir pautas, a repetir. Desde entonces, el detenerse, contemplar, meditar, o simplemente sentarse escuchar el silencio, marcharon al exilio como inquietantes desconocidos. 

 

El silencio nuestro de cada día

Por supuesto que no se trata de no trabajar ni dejar de hacer lo que hacemos: los extremos tienen una violencia que nunca resulta a la medida humana. 

Pero… ¿qué hay, en cambio, de dedicar una parte relevante de cada día a SER tanto como a HACER? ¿A escucharme? ¿A conocerme?

Todas las tradiciones místicas y filosóficas, todos los maestros y maestras dedicadas al desarrollo humano tocan este punto sustancial: el ir hacia adentro, no sólo lejos del ruido y la confusión, no sólo un poquito aparte del ajetreo cotidiano, sino lisa y llanamente proponen atreverse a ir hacia ese lugar del no-hacer, del escuchar, de detener las ideas que repetimos sin más, de poner pausa a las reacciones automáticas, a las respuestas de siempre, a la falta de otro punto de vista, al condicionamiento… o como quieras llamarlo. 

Ir hacia ese lugar pacífico y silencioso. ¿Cuántas veces al día lo hacemos? ¿Nunca? ¿Una vez al año? ¿Cuánto?

Demasiado cerca

Lejos del hacer cotidiano hay un no-hacer interior. 

Un lugar que puede estar lleno de respuestas. Un lugar que comienza en el silencio y nos susurra “No sé. Necesito volver a mirar. A escuchar. A sentir. No sé, pero aquí adentro estoy bien». «No sé», como Sócrates.

Ese lugar que está mucho más cerca que nuestra vena yugular, como dicen las escrituras orientales, y que tiene diferentes formas. A veces no es necesariamente silencio, sino vulnerabilidad. Receptividad. Un instante dedicado a mirar a nuestro alrededor, a sentir, a percibir puede cambiarlo todo. 

A veces es una meditación. Una inspiración profunda. Una melodía.

El parar trae nuevos mensajes si es acompañado por la respiración. La percepción profunda, el escuchar los latidos de nuestro corazón, el compartir un momento de calidad sin estruendos, el recostarse unos minutos y sentir el cuerpo, la caminata azarosa, sin reloj ni metas por cumplir.

Nos lleva de vuelta al banquete griego, donde los dioses se presentan bajo la forma de desconocidos. Y nos susurran, despacito, aquella sabiduría divina, de la que también estamos hechos.

Y que nos renueva.

 

Joyas de nuestro taller: un texto de Ángel Alemán

Joyas de nuestro taller: un texto de Ángel Alemán

Joyas de nuestro taller

Hoy: Ángel Alemán

En Círculo de Evolución tenemos dos preciosos talleres de escritura y creatividad…

Escritura, porque es la herramienta que usamos para encontrar esas historias, ideas, imágenes que están vivas dentro nuestro. Aunque no lo sepamos.

Creatividad, porque la tarea de escribir nos abre puertas a mundos y proyectos renovados. Sean del orden que sean.

Y hoy queremos compartir esta historia nacida en nuestro taller  “Crónicas de un año inesperado”. Su autor, Ángel Alemán, se presenta así:

“Vivo en la ciudad donde nací, La Laguna, un lugar de Tenerife donde conviven el campo con las bibliotecas y el jolgorio callejero con las iglesias. Estudié Historia, pero disfruté mucho dando clases de lengua española. Ahora, lejos de las aulas, suelo perderme dentro del bosque húmedo, y, sobre todo, me dedico a jugar con las palabras”. 

Ángel Alemán

 

El mirador

La vista desde aquí arriba es magnífica. Las tejas oscuras bañadas por la luz de la luna parecen un mar hecho de barro seco. Cuánto silencio. No se escucha nada, ni coches ni gente, tan solo el rugido de algún avión que sale y a saber cuando volverá. De forma inusitada todo ha enmudecido. Pero si pongo atención al sonido del silencio parece que los árboles hablaran con el crujir de las ramas y el vaivén de las hojas movidas por la brisa, con el gorjeo apresurado de los mirlos y el chirrín discreto de los herrerillos. Está todo tan raro… Parece como si el tiempo se hubiera detenido.

Pobre hombre, acaba de cerrar la puerta de la calle creyendo que mañana la abrirá como todos los días, como si no hubiera pasado nada, pero ignora que no podrá salir de su cautiverio durante un tiempo largo. Qué iluso es creyendo que este asunto de los bichos venidos de la China va a ser cosa de unas pocas semanas. No es por nada, pero tengo mucho mundo y mi instinto me dice que esto va para largo. Sin embargo, no hay que robarle los sueños a nadie. A mí tampoco me gusta que me quiten lo míos, aunque sean pocos. Lo más que podrá hacer es asomarse a la calle, sin salir del zaguán, para ver si pasa alguien con quien cruzar unas palabras. A mi no me importa estar callado.

Me pregunto qué voy a hacer a partir de mañana. Con él ahí dentro no podré moverme a mis anchas tal y como lo he hecho durante estos últimos meses. Me conozco la casa al dedillo y sé dónde tiene cada cosa. La cama huele a limpio y aunque la mesa de trabajo es un poco caótica, el resto lo mantiene en una armonía casi perfecta. Nunca ha notado mi presencia, soy cauteloso, y él es tan confiado que suele dejar abierta la puerta del patio. Siempre me ando con cuidado porque con lo listo que es, capaz que da conmigo. Como cuando le robaron el DNI; menos mal que yo no tuve nada que ver con aquel enredo. 

Ya han pasado tres días desde que empezó el encierro. Hoy no para de hablar por teléfono. ¿Pero qué le pasa con la harina? No es algo que sea imprescindible, pero dice que tiene la costumbre de hacer su propio pan. Podría comprarlo en el supermercado, digo yo, pero insiste en que no es lo mismo, que el suyo es más saludable y que no sabe igual. Este tío tiene un punto raro, y las cosas no están para mucho remilgo. De todos modos, cada cual tiene su propias manías. Yo también tengo las mías y casi nadie las entiende. 

Acaba de salir a la calle. Se queja de vicio, porque sale cada dos por tres a tirar la basura. Camina cuatro manzanas con las bolsas en la mano hasta que regresa y las mete dentro del contenedor que está justo al lado de la casa. Hoy se lleva el carrito de la compra. Con ese aspecto respetable seguro que la policía no le dice nada. Lo que él no sabe es que se terminó la harina. A todo el mundo le ha dado por la repostería. Entre lo que comen y el poco ejercicio que hacen seguro que suben una talla y media. Ah… Que se olvide también del papel higiénico. Desapareció desde el primer día. Todos se fueron contagiando de un miedo absurdo al ver que los estantes se quedaban vacíos. Cuánta seguridad les proporciona ese rollito prensado. 

¿Con quién está hablando? Mmm… Creo que es el vecino de la esquina. Nunca se habían parado a charlar. Por lo general se saludan, y poco más. Por la expresión de su cara diría que el hombre está muy triste. Claro, cómo no iba a estarlo. A la mujer le dio un ictus, está muy grave y él no puede ir a visitarla al hospital. Este bicho vino para trastocarlo todo, y me parece que la necesidad está  derrumbando muchas barreras.

Hoy es el cuarto día. Lo esperaba gris como a mí gusta, pero amaneció soleado. No sé cómo voy a soportar el calor, y menos con el hambre que tengo. Anoche no comí nada. Él ya debe estar en la cocina preparando el café y mirando hacia el magnolio de la casa de al lado como si no lo hubiera visto nunca. Este tío por las mañanas parece un poco lelo. Pero si es el mismo árbol de todos los días. ¿Nunca se cansa de mirarlo? Si lo único que ha cambiado son los dichosos mirlos que han venido a anidar como todos los años. Tanta contemplación no sé si es buena. Aunque a lo mejor él ve algo que yo no veo. Tal vez no sería mala idea dedicarle algo de tiempo. 

Pero, ¿qué pasa hoy tan temprano? El teléfono no para de sonar. Que si canciones, que si mensajes de voz, una conversación tras otra. Vamos que no voy a poder entrar…  Y encima va y se sienta en el chaplón que da al patio. ¿No había otro sitio mejor donde ponerse? Tal vez vaya a la farmacia… Otra de sus excusas para pisar la calle.

Encontré una sombra y me he pasado el día soportando el hambre dignamente. El sol está un poco más bajo. Ya debe ser la hora. Sí, llegó el momento. Ya empezaron a aplaudir. Al principio lo hacían para apoyar al cuerpo sanitario, pero ahora además se saludan desde las ventanas y hablan. Si apenas cruzaban palabra viviendo frente a frente. Si te digo yo que este bicho los está cambiando. A éste, ahora le ha dado por poner música después de los aplausos. Durante unos minutos la calle se vuelve una verbena. Incluso le han pedido el cumpleaños feliz. Son unos personajes curiosos. Si uno le deja una bolsa de aguacates en la puerta de la entrada del edificio, el otro recibe a cambio una botella de vino en el zaguán. Anoche los vecinos de enfrente lo invitaron a unas cervezas. Se reunieron en el hall de la entrada. Guardaban las distancias, pero si hubiera aparecido la policía les hubiera caído encima un buen marrón. Parece que las croquetas, el queso y la tortilla valieron la pena. Me pregunto cómo será todo esto una vez que termine este tinglado. 

Este es un buen momento para intentar entrar en la casa. Como de costumbre dejó abierta la puerta del patio. Entre la música y el jolgorio seguro que no se va a enterar. No es por nada, pero  este año el patio está precioso. Qué cantidad de flores. Así tiene con qué entretenerse durante este tiempo tan extraño. Qué hambre tengo.

¡No puede ser! ¡Podó la camelia! ¿Pero qué necesidad tenía de hacer eso? Quitó la rama que cuelga sobre el tejado. Qué empeño en cambiar las cosas. Ya no puedo llegar hasta el nido para saborear los pichones de mirlo. De poco me han servido la espera, el sigilo, mis altivos bigotes y mis patas silenciosas y almohadilladas. Lamentándolo mucho tendré que intentarlo en la casa de al lado.

 

Viajando al otro lado del espejo

Viajando al otro lado del espejo

Viajando al otro lado del espejo

 

Como en las aventuras de la Alicia de Lewis Carroll, dicen que en cada uno de nosotr@s hay un otro lado del espejo, secreto y encantado. Un territorio poco conocido que -de cuando en cuando- nos tienta. O hasta nos murmura al oído mientras, como decía John Lennon, “estás ocupado haciendo otros planes”. 

Dentro de cada uno y de cada una hay, muy probablemente, un mundo de cosas que no recordamos claramente, como en los sueños. O de las que no hablamos, porque no sabemos muy bien qué hacer con ellas. O  porque no se ajustan al horario, a la rima, a la agenda, a lo que aprendimos en el cole. 

 

La puerta y la llave

Es curioso, ¿no? Casi todos sabemos, intuimos, o al menos nos preguntamos si allá, en algún punto inespecífico del espacio interior, existe ese universo infinito. El cofre al final del arcoiris, lleno de recursos inesperados, a la espera de aquel momento en que andamos famélicos de algo más… 

Algunas personas rezan o meditan para acercarse a ese mundo. O viajan de un modo u otro.

Y yo -como ya resulta obvio- me valgo de lapiceras y cuadernos, de dispositivos electrónicos, de hojas en blanco o del revés de algo escrito. 

E, incluso si ando demasiado perdida y eso no me alcanza, hasta me busco en cuadernos, en archivos, en libretitas, en esos diarios de viaje donde dejé, alguna vez, unas miguitas para reconocer el camino a casa. 

Y sí: hablo de escribir.

 

No es para mí

Ya lo sé: aquello de escribir tiene mala prensa. 

Aún cuando -afortunadamente y gracias a estos tiempos nacidos de la imprenta, las escuelas, la educación obligatoria- nuestras vidas transcurren atravesadas por palabras, frases, carteles… Aún cuando mandamos a diario decenas de mensajes de texto. Aún cuando tenemos computadoras, celulares, cuadernos, y mensajitos pegados en la heladera, nos sigue pareciendo que la escritura es para otros…”No es para mí, no puedo, no me pidas que escriba, ¿escribir yo? ¡Nunca!” 

A la escritura le perdonamos la vida escasamente, sólo si se trata de “lo útil”, lo necesario, lo imprescindible, el trabajo, lo que hay que hacer, los mensajes al banco, a la familia, las notitas de cariño o la lista de la compra.

Pero pasando esa frontera trazada a fuego, la escritura se nos vuelve una extranjera. “No me pidas que escriba, Dios mío…”, decimos. 

Y nos conformamos.

Sin embargo, y por alguna razón, la idea no se abandona nunca del todo.

Y es que escribir no se trata de literatura. No se trata de premios. 

Ni siquiera se trata de belleza. 

 

Peligrosamente

Escribir es un puente al otro lado. Y, si le hacemos espacio, si le ofrecemos un poco de tiempo o de buena voluntad, peligrosamente se convierte en una necesidad. En un remedio al que recurrir cada vez que eso que llamamos imágenes, ideas, percepciones, sensaciones, emociones, algo importante, nos golpee la puerta y querramos abrirle.

Así como hacemos listas para no olvidarnos de nada, podemos escribir para recordar algo de allá lejos, del otro lado del espejo.. 

Para enterarnos de cosas que nos habitan: ideas, imágenes, personajes, historias que -muy probablemente- ni sabemos que llevamos entre pecho y espalda.

O para descargar el peso que llevamos sobre los hombros. O para dejar asentado en alguna parte lo que ocurre, de cuando en cuando, si hacemos silencio.

Ni hace falta que se trate de algo demasiado relevante, porque ¿cómo medir lo relevante, finalmente? Aunque sí, puede ayudar a liberar el pecho de un dolor. A compartir un amor que nos traspasa el cuerpo y nos deja sin aliento. A guardar el rastro de un momento.

O a dudar de una certeza demasiado gritona. Y entender un poco más. Un poco mejor.

Escribir es un acto de creatividad y, a veces, de rebeldía, de hallazgo.

E, invariablemente, despliega lo que está vivo dentro nuestro, en el otro lado del espejo. 

Como una enorme red de cazar mariposas. 

 

Tenemos una historia por contar

Tenemos una historia por contar

Tenemos una historia por contar

Quien más quien menos, todos necesitamos encontrar aquello que, de verdad, está vivo dentro nuestro. Pero, claro, la pregunta de siempre es… ¿cómo encontrarlo? 

Yo tengo una receta tan inexacta, ¡que cualquiera en su sano juicio dudaría de probarla! Y sin embargo, es esta: escribir. Y no sólo eso: escribir como se pueda. Escribir como salga, como un  primero y pequeño paso. Escribir sin rumbo, en casa, cómodamente, o buscando un papelito y un lápiz en medio de la calle y en el momento menos indicado.  

¿Y para qué escribir? 

Y, sobre todo, ¿por qué escribir así, sin rumbo fijo, sin un plan determinado y hasta sin anestesia…?

Escribir, como trazar puentes

¿Le damos crédito a aquel mito de que para algunos es más fácil que para otros aquello de escribir?

A veces creo que no es más que un sospechoso prejuicio, demasiado extendido. Es que, de hecho, escribimos todo el tiempo. Millones de palabras enviadas por doquier y a todas partes del mundo. Escribimos la lista del supermercado. Dejamos notitas. Respondemos emails. Vivimos en un océano de palabras escritas por nosotros mismos. 

Y sin embargo… Nos parece que “escribir es otra cosa” 

Claro que, si afirmamos eso, no habremos hecho más que perdernos de la aventura, del viaje lleno de sorpresas que ciertas palabras pueden ofrecernos (y que podemos ofrecernos).

Porque… hay algo mágico en el intento de la escritura, salga como salga. Hay algo milagroso en la intención de hacerle lugar a lo  que aparece. Y en permitirle que nombren, que nos susurren o nos griten aquello que está adentro: vivo y a la espera.

Palabras para tiempos inesperados

Sí, es verdad que a veces resulta un ejercicio infructuoso. 

Pero otras veces nos permite ver algo que quiere ser , aún sin saber de qué se trata. Y que le tenemos cierta desconfianza, aún cuando sólo quiera posarse por un ratito en el seguro ámbito de un cuaderno, de una libretita, o de e la pantalla de mi escritorio…Y que nos llama a jugar, o nos ofrece sacarnos de encima una vieja idea para nutrir el suelo y que nazcan nuevas cosas. O incluso, que quiere poder afirmar algo para luego retractarse, sin peso. Y ayudarnos a reírnos de nosotros mismos, para luego tomarnos más en serio que nunca.

Y, sobre todo, y en estos tiempos inesperados, que puede ayudarnos mucho, muchísimo, a oír la propia voz, en un mar revuelto de mensajes, ideas, condicionamientos y cantos de sirenas. Como una brújula.

A trazar puentes

Volviendo al asunto de las recetas, esas que en la tele muestran primero el pastel terminado: digo que escribir ha sido para mí un puente entre esa persona que soy, que creo ser, y el mundo infinito que me habita, que nos habita. Una experiencia que a veces recorro como quien baila en la calle en un día de fiesta. Y otras veces, como quien anda a tientas, en medio de la oscuridad.

Porque, después de todo, sí que hay un secreto de cocina y este es: es necesario aprender a hacerle lugar a lo nuevo, aunque no sea tan cómodo ni conocido. 

Parole, parole, parole

Sí, las palabras. Esas que prodigamos (y nos prodigan) en infinitos wassap, notitas al pasar, conversaciones, pero que convertidas en aliadas son amigas sabias, amigas íntimas, mensajeras-del-más-acá. 

Para eso, es que ni siquiera hace falta haber tenido buenas notas en el cole o tener una larga lista de experiencias, sino ser buen anfitrión con los silencios, lápiz en mano. Una dosis de pequeña voluntad para estar disponible, por un rato, y prestarle oídos a lo que nos llama en voz baja, y que espera, pacientemente, ser escuchado. 

Por una hora. Por apenas un minuto. Y parir: una historia, una imagen, una frase que sobrevuela sin manual de instrucciones, una canción. 

Vamos a hacer ese pequeño gesto mágico. Vamos a escribir.

 

Crónicas de un año inesperado

Crónicas de un año inesperado

Crónicas de un año inesperado

(Una caja de herramientas)

¿Cómo han sido tus últimos doce meses? Quien más, quien menos, el mundo entero ha sentido el enorme sacudón de estos tiempos verdaderamente imprevisibles, extraordinarios. 

Hemos necesitado mirar con nuevos ojos, volver a pensar algunas cosas y echar mano a nuestros recursos: el humor, la familia, los amigos, el estudio, la casa, las series, los libros, el yoga casero, la cocina… ¿Cuáles han sido los tuyos?

Yo tengo una fórmula secreta: escribir

Escribir, contar una historia, transmitir una idea. Parece un acto simple, pero despierta en muchos la misma reacción que si hubiera dicho: “me gusta tirarme de cabeza desde arriba de esa montaña, ¿vamos?”.

¿Por qué estamos tan convencidos de que escribir “no es para nosotros”?

Escribimos horas y horas en los teléfonos y en las computadoras. Hacemos listas de todo lo que debemos solucionar en la semana y seguro que, alguna vez,  hasta hemos garabateado unas líneas contando lo que sentimos…

Pero una invitación a escribir nos despierta esas miraditas suspicaces de “Mmm… ¿escribir?”.

Escribir es una manera de enterarse

Como si recibiéramos una carta desde algún lugar recóndito. 

Como si algo en nosotros nos prendiera una lucecita en un rincón y nos viéramos, por primera vez. 

A veces escribir es enterarnos de lo que llevamos dentro. De lo que hemos percibido, sin darnos cuenta.

A veces escribir es entretenerse, hacerle lugar a una idea, dejarse llevar por la palabra. 

Y otras veces es aceptar un desafío y jugar. Jugar a que somos otra, u otro. A que nos saltamos el tiempo y el espacio para darle lugar a una historia, a un pequeño mundo, a una ventana hacia un paisaje diferente. Te invito a encontrar palabras, humor, imágenes, maneras de contar. Vamos a escribir.

 

CURSOS Y TALLERES

Encuentra uno especialmente para tí

 

 

Un taller de escritura diferente

 

Por supuesto, todos necesitamos de alguna llave para abrir esas puertas. Por eso te invito a este taller de escritura, que viene con una gran caja de herramientas.

Durante muchos años trabajé como periodista y editora en un gigantesco periódico de la Argentina. 

Y es verdad: siempre, a la hora de sentarme ante la famosa “hoja en blanco” sentí ese segundo de pánico donde la cabeza me decía:

«¿Y ahora… qué? «

En algunas ocasiones, eso duraba apenas un momento, antes de sumergirme en las palabras. Otras veces, necesitaba comenzar poniendo por escrito los datos que tenía. Una idea. O una imagen. Otras veces, una frase revoloteaba por ahi y no tenía más remedio para avanzar que admitirla, porque ella quería ser escrita: aún en contra de mi voluntad. 

Una caja de herramientas

La caja de herramientas que compartiremos trae ejercicios, lecturas, una buena caminata bajo la lluvia o la invitación a abrir un libro al azar. Todo lo necesario para poner el motor en marcha. Y encender la alegría de la creatividad.

Y después de perdernos por un ratito en el propio desierto, compartir algo de lo que hayamos visto. Una historia, una canción, una imagen nacida sin previo aviso.

Te invito a inscribirte